EL
PADRE LE HABLA A SUS HIJOS
©
EDIZIONI PATER
EDIZIONI “I
NIDI DI PREGHIERA”
Casella
Postale 135 -
67100 L’AQUILA
Imprimatur:
+ Petrus
Canisius van Lierde, Vie. Generalise
Vic. Civit. Vaticanae, Roma, die 13 Martii 1989
“En la
cubierta del libro: Fotografia
auténtica del cuadro que Madre Eugénia izo
pintar después de las aparicíones.”
DIOS ES MI PADRE
Dios
es mi Padre. Este es el grito que hoy se hace siempre más frecuente en el
mundo: los hombre reconocen a Dios como Padre. Sentimos por lo tanto el deber
de publicar un mensaje de Dios Padre, donado al mundo por medio de una
criatura que tanto Lo ha amado y Lo ama, Sor Eugenia Elisabetta Rayasio, y
reconocido válido por la Iglesia.
¿Quién
es Madre Eugenia? ¿Quién es esta criatura que el Padre llamaba “mi hija
predilecta... mi plantita?
Pensamos que Madre Eugenia es una de las más grandes Luces de estos
tiempos: es el pequeño profeta de una Iglesia nueva en la cuál el Padre
está al centro y en el vértice de cada fé, y la Unidad es el máximo
ideal de toda espiritualidad. Es la luz que el Padre donó al mundo en este
tiempo de caos y de obscuridad, para que se conozca el camino que hay que
seguir.
Nació en San Gervasio d’Adda, Italia (ahora se llama Capriate San Gervasio), un pequeño centro en la provincia de Bérgamo, el 4 de Septiembre de
1907, en una
familia de origen campesina.
Frecuentó
solo la escuela primaria,
y después de algunos años de trabajo en una fábrica entró, cuando tenía veinte años, en la Congregación de
Nuestra Señora de
los Apóstoles, en
donde se desarrolló su gran personalidad carismática que la hizo elegir, a
solo 25 años, Madre General de la misma Congregación.
Prescindiendo de su dimensión de espíritu, para hacerla entrar en la
Historia bastaría su acción en el campo social: en doce años de actividad
misionera abrió más de setenta centros -
con enfermería,
escuela e iglesia -
en los lugares más
abandonados de Africa, Asia y Europa.
Descubrió la primera medicina para curar la lepra, sacándola de la
semilla de una planta tropical; medicina que fué después estudiada y
elaborada por el Instituto Pasteur de París.
Lanzó en el apostolado a Raoul Follereau, que siguiendole las huellas,
y con la bases que ella puso es considerado el apostol de los leprosos.
Ideó,
proyectó y realizó en Azopté (Costa de Marfil), durante los años 1934-41,
la “Ciudad de los Leprosos”: un inmenso centro para juntar a estos enfermos
que se extiende sobre una superficie de 200.000 metros cuadrados, y que
sta ahora queda
como un centro de vanguardia en Africa y en el mundo. Por esta obra Francia le concedió a la Congregación de las
monjas misioneras de Nuestra Señora de los Apóstoles -
de la cuál Madre
Eugenia había sido Superiora General desde 1935 hasta 1947 - la máxima condecoración nacional por obras de carácter
social.
Pero la cosa más importante que Madre Eugenia nos ha dejado ha sido el
Mensaje del Padre (“El Padre le habla a Sus hijos”), la única revelación
hecha personalmente por Dios Padre y reconocida auténtica por la Iglesia
después de diez años de rigurosísimos exámenes. Publicamos al inicio del
texto el testimonio que SE. Mons. Alexandre Caillot, Obispo de Grenoble,
extendió al final de la encuesta.
Es digno de nota el hecho que el Padre - en 1932 -
dictó el Mensaje a
Madre Eugenia en latín, un idioma para ella totalmente desconocido.
En 1981 conocimos tal mensaje y en 1982 - 50°
aniversario - lo publicamos
en italiano.
Los muchos prodigios que de eso han brotado nos han inducido a difundirlo
gratuitamente, especialmente en las cárceles, en los cuarteles y en los hospitales.
Hemos cuidado la impresión en francés y en inglés; se están preparando
las ediciones en ruso, español y alemán.
Madre Eugenia regresó al Padre el 10 de Agosto de 1990.
onsideramos
oportuno comenzar esta publicación con el testimonio de S.E. Mons. Alexandre
Caillot, Obispo de Grenoble, quién en 1935 instituyó una comisión de
expertos, convocados en varias partes de Francia, para iniciar un proceso
diocesano que duró diez años.
Hicieron
parte de la comisión, entre otros, el Vicario del Obispo de Grenoble Mons.
Guerry teólogo, los he rmanos jesuitas Alberto y Augusto Valencin, máximas
autoridades en el campo filosófico y teológico, y expertos en valuaciones
de casos símiles - y dos
doctores en medicina, uno de los cuales era psiquiatra.
Seguros que
tal Mensaje ayudará a los hombres a comprender la profunda ternura del Padre
para cada uno de nosotros, esperamos que tenga la mayor difusión.
P.
Andrea D’Ascanio
ofm cap.
TESTIMONIO DE SU
EXCELENCIA MONS. CAILLOT OBISPO DE GRENOBLE, DESPUES DEL INFORME REDACTADO
DURANTE LA ENCUESTA CANONICA HECHA EN RELACION CON MADRE EUGENIA
Han
pasado diez años desde que, como Obispo de Grenoble, decidí la apertura de
una encuesta sobre el caso de madre Eugenia. Poseo ahora elementos suficientes
para llevar a la Iglesia mi testimonio de Obispo. La primera certidumbre que
sale a la plena luz de la encuesta:
1 )
Aquella de las virtudes sólidas de madre Eugenia.
esde
el inicio de su vida religiosa la monja llamaba la atención de sus superioras
por su piedad, su obediencia y su humildad.
Las superioras, turbadas por el carácter extraordinario de los hechos
que se habían verificado durante el noviciado de la monja, estaban decididas
a no tenerla en el convento. Titubeaban y tuvieron que renunciar al proyecto
ante la vida ejemplar de la religiosa.
Durante la encuesta Sor Eugenia dió pruebas de gran paciencia y de una
perfecta docilidad, sometiéndose sin lamentarse a todos los exámenes médicos,
respondiendo a los interrogatorios de las comisiones teológicas
y médicas, que eran a menudo largos y penosos, y aceptando las
contradicciones y las dificultades.
Todos los inquisidores elogiaron sobretodo su simplicidad.
Según el
testimonio de los teólogos, varias circunstancias permitieron también
de descubrir que la monja era capaz de practicar la virtud hasta el punto heróico,
especialmente la obediencia en la encuesta del Rey. P. Auguste Valentin, en
Junio de 1934, y la humildad en la dolorosa jornada del 20 de Diciembre de
1934.
Puedo certificar que, en sus funciones de superiora general, la encontré
muy dedicada a su deber, consagrándose a su tarea - que, sin embargo, tenía que parecerle muy dificil dado que no estaba
preparada - con amor por
las almas, la congregación
y la Iglesia. Los que viven cerca de ella están impresionados, como lo
estoy también yo, por su fuerza de ánimo durante las dificultades.
No
son solo las virtudes las que me impresionan, son las cualidades que la madre
revela en el ejercicio de la autoridad y el hecho de que una religiosa poco
instruída logre ocupar la más alta función en su congregación. Ya en esto
hay algo de extraordinario y, desde este punto de vista, la encuesta que hizo
mi Vicario General Mons. Guerry, el día de la elección, es muy sugestiva.
Las respuestas de las capitulares, todas superioras ó delegadas de las
diversas misiones, demostraron que escogían a madre Eugenia como superiora
general -a pesar de su joven edad y de los obstáculos canónicos
que normalmente habrían dejado a parte la idea de su nombramiento -
por sus cualidades
de juicio, de equilibrio, de energía y de firmeza. La realidad parece haber
sobrepasado mucho más allá la esperanza que las electoras ponían en aquella
que escogían.
Lo que más he notado en ella es, ante todo, su inteligencia luminosa,
vivaz y penetrante. He dicho que su instrucción había sido insuficiente, por
razones que, por otro lado, fueron ajenas a su voluntad: la larga enfermedad
de su madre la obligó desde muy joven a tomar en sus manos el cuidado de la
casa y a ausentarse muy a menudo de la escuela. Después hubieron, hasta su
ingreso en el convento, duros años de vida como tejedora en una fábrica. A
pesar de estas lagunas de base, cuyas consecuencias se hacen notar con
claridad en la composición y en la ortografía, madre Eugenia dá muchas
conferencias en su comunidad. Hay que notar que ella misma redactó las
circulares para la congregación y los contratos concluídos con los
municipios o los concejos de administración, para los institutos
hospitalicios confiados a las monjas de Nuestra Señora de los Apóstoles.
Compuso un largo directorio.
Una situación la vé clara y justa, como en un caso de conciencia. Sus directivas son netas y precisas y
particularmente prácticas. Conoce a cada una de sus 1.400 hijas, con sus
aptitudes y sus virtudes, y tiene mucha capacidad en escoger las que son más
cualificadas para los nombramientos en las diversas tareas. También tiene un exacto y personal conocimiento de
las necesidades y de los recursos de su congregación, y de la situación de
cada casa. He visitado todas sus misiones.
Queremos subrayar también su espíritu de previsión. Dió las órdenes
necesarias para que en el futuro, cada instituto hospitalicio ó escolástico
tenga monjas graduadas y todo lo necesario para vivir y des arrollarse. En
fin, me parece particularmente interesante hacer notar que madre Eugenia
parece estar dotada de un espíritu de decisión, del sentido de la realidad y
de una voluntad para realizar las cosas. En
seis años abrió 67 fundaciones y supo realizar mejorías muy útiles en la
congregación.
Si
pongo en evidencia sus cualidades de inteligencia, de juicio, de voluntad, y
sus aptitudes de administración, es porque me parecen que son tales para poder
eliminar definitivamente todas las hipótesis examinadas durante la encuesta,
pero que eran impotentes para dar una explicación satisfactoria: hipótesis
de alucinaciones, de ilusiones, de espiritismo, de histerismo y de delirio.
La
vida de la madre es una constante demostración de su equilibrio mental y
general, y este equilibrio hasta parece ser - a la mirada de los observadores -la nota dominante de su personalidad. Las otras hipótesis
de sugestionable, de manejable, que habían llevado a los inquisidores a
preguntarse si no estuviesen en presencia de un carácter muy impresionable,
como un espejo labrado que resiente de todas las influencias y las sugestiones,
fueron igualmente rechazadas por la realidad cotidiana. Madre Eugenia,
aunque estaba dotada de un carácter sensible y de un temperamento emotivo, dió
pruebas de que no daba preferencias a nadie, y que lejos de dejarse
influenciar por las opiniones humanas sabía fijar sus proyectos, su
actividad, sus realizaciones, e imponerse a los demás con su luz personal. Un
simple relato aclarará más que todos los juicios: al día siguiente después
de su elección, como superiora general, tuvo que proceder a algunas
elecciones de superioras; bien, no titubeó en substituir a una de aquellas
que habían apenas votado por ella: desembarcando en Egipto, ésta superiora
local supo del cambio, notificado por correo aéreo.
2)
Acerca del objeto de su misión:
El
objeto de la misión que habría sido confiada a madre Eugenia es preciso, y
me parece legítimo y oportuno, desde el punto de vista doctrinal.
Objeto preciso: dar a conocer y glorificar el Padre, sobretodo con la
institución de una fiesta especial solicitada a la Iglesia. La encuesta ha
establecido que una fiesta litúrgica en honor del Padre estaría bien en la línea
de todo el culto católico, conforme al movimiento tradicional de la oración
católica, que es una ascensión hacia el Padre, por medio del Hijo, en el Espíritu,
como lo prueban las oraciones de la Misa y la oblación litúrgica al Padre en
el Santo Sacrificio. Sin embargo, es extraño que no exista ninguna fiesta
especial en honor del Padre: la Trinidad está glorificada como tal, el
Verbo y el Espíritu Santo están glorificados en sus misiones y en sus
manifestaciones exteriores, solo el Padre no tiene ninguna fiesta propia, que
atraería la atención del pueblo cristiano sobre Su Persona. Hay que
atribuir esta ausencia de una fiesta litúrgica en Su Honor al hecho de que,
una encuesta muy amplia entre numerosos fieles
les
ha revelado que, en las diversas clases sociales y hasta entre numerosos sacerdotes
y religiosos: “El Padre no es conocido, no se le
reza, no se piensa en El”. El investigador descubre también con estupor que
un gran número de cristianos se alejan del Padre porque ven en El un Juez
terrible. Prefieren dirigir-se a la humanidad de Cristo, ¡y cuantos le piden
a Jesús que los proteja contra la cólera del Padre!
Por lo tanto, una fiesta especial haría restablecer, como primer efecto,
el orden en la piedad de muchos cristianos, y los volvería a conducir a la
entrega del divino Salvador: “Todo lo que pediréis al Padre en mi Nombre...”
y todavía:
“De
ahora en adelante rezaréis así: Padre Nuestro...”.
Una fiesta litúrgica en honor del Padre tendría también el efecto de
alzar la mirada hacia Aquel que el Apostol Santiago llamaba: “el Padre de la
luz, del cuál nos llegan todos los dones...”. Acostumbraría a las almas a
tener en consideración la Bondad divina, los beneficios que reciben de Dios,
Su Providencia paternal, y el hecho que ésta Providencia es precisamente la
de Dios Trinidad; y es por su naturaleza divina común a las Tres Personas
que Dios expande sobre el mundo los tesoros inefables de su Misericordia
infinita
A primera vista pareciera, por lo tanto, que no existe ninguna razón
especial para glorificar al Padre en particular, sin embargo, ¿quizás que no
es el Padre el que envió a Su Hijo al mundo? Si es sumamente justo rendir un
culto al Hijo y al Espíritu Santo por sus manifestaciones exteriores, ¿no
sería justo y debido rendir gracias a Dios Padre, como lo solicitan los
prefacios de la Misa, por el don de Su Hijo que nos ha hecho?
En manera neta, el objeto propio de esta fiesta especial es el siguiente:
glorificar al Padre, agradecerle, alabarlo por habernos donado a Su Hijo; en
una sola palabra, como dice exactamente el mensaje: como autor de la Redención.
Rendir gracias a
Aquel que ha amado tanto al mundo hasta el punto de dar a Su único Hijo para que todos los hombres, reunidos
en el Cuerpo Místico de Cristo, reasuman este Hijo, para volverse hijos en El.
En los momentos en que el mundo, turbado por las doctrinas del laicismo, del
ateismo y por las filosofías modernas, no conoce a Dios, al verdadero Dios,
¿ésta fiesta no haría conocer a muchos al Padre viviente que Jesús nos
ha revelado, al Padre de misericordia y de bondad? ¿No contribuiría a
aumentar el número de los adoradores del Padre “en espíritu y verdad”
que Jesús anunció? Al momento en que el mundo, revuelto por las guerras
micidiales, está sintiendo la necesidad de buscar un principio sólido de
unión para un acercamiento entre los pueblos, ésta fiesta
traería una gran luz, enseñándole a los hombres que todos ellos tienen en
el Cielo el mismo Padre; ¡Aquel que les ha donado a Jesús, hacia el cuál
los atrae, como miembros de Su Cuerpo místico, en unidad del mismo Espíritu
de Amor! Al momento en que tantas almas extenuadas ó cansadas por las dificultades
de la guerra podrían estar ávidas de encaminarse bacia una profunda vida
interior, ¿esta fiesta no sería capaz de llamarlas “desde adentro” para
adorar al Padre que está en el secreto, y para ofrecerse en una oblación
filial y generosa al Padre, única fuente de la vida de la Trinidad Santa en
ellos? Una tal fiesta ¿no conservaría el hermoso movimiento de la vida
sobrenatural que arrastra, lógicamente, a las almas hacia la infancia
espiritual y - mediante la confianza - hacia la vida filial con el Padre, al abandono a la
Voluntad divina, al espíritu de fé?
Por otra parte hay que poner un problema de doctrina, diverso de esta
cuestión de una fiesta especial, cualquiera que sea la decisión de la
Iglesia sobre este punto. Ilustres teólogos piensan que la doctrina de las
relaciones del alma con la Trinidad tenga que ser profundizada, y que ella
podría ser para las almas una fuente de luz sobre la vida de unión con el
Padre y el Hijo, de la cuál nos habla San Juan, y sobre la participación a
la vida de Jesús, Hijo del Padre, especialmente a Su caridad filial por el
Padre.
Cualquier cosa resulte de estos problemas teológicos, lo que quiero
subrayar aquí es este hecho: una pobre ignorante en teología declara de
haber tenido comunicaciones divinas que podrían ser muy ricas de doctrina.
Las construcciones imaginarias de una visionaría son pobres, estériles,
incoherentes. Por el contrario, el mensaje que madre Eugenia dice que el
Padre le confió, es fecundo, con un cruce armonioso de dos carácteres que lo
hacen más seguro: por una parte eso se presenta como tradicional en la
lglesia, sin ningún aspecto de novedad que podría hacerlo tachar de
sospechoso, porque repite incesantemente que ya todo se ha dicho desde la
revelación de Cristo sobre su Padre, y que todo está en el Evangelio. Pero
por otra parte declara que esta verdad del conocimiento del Padre hay que
reflexionarla, profundizarla y vivirla.
La desproporción entre la debilidad del instrumento - incapaz de descubrir por sí mismo una doctrina de tal naturaleza -
y la profundidad del mensaje que la monja nos trae,
¿no deja entrever el hecho de que una causa superior, sobrenatural, divina,
intervino para confiarle este mensaje?
Humanamente yo no veo como se podría explicar el descubrimiento, de pare
de la monja, de una idea de la cuál los teólogos inquisidores han entrevisto
solo poco a poco la originalidad y la fecundidad.
Igualmente, otro hecho me parece muy sugestivo: cuando Sor Eugenia anunció
que había tenido las apariciones del Padre, los teólogos inquisidores replicaron
que las apariciones del Padre eran, por sí mimas, imposibles, que esas no se
habían nunca realizado en la historia; a estas objeciones la monja resistió
declarando simplemente: “El Padre me dijo que describiera lo que veía. El
le pide a sus hijos teólogos que busquen”. La monja no ha cambiado nunca
nada en sus explicaciones, mantuvo sus afirmaciones por largos meses. Fué solo
en Enero de 1934 que los teólogos descubrieron, en el mismo Santo Tomás de
Aquino, la respuesta a la objeción que ellos ponían.
La respuesta del gran doctor sobre la distinción entre la aparición y
la misión fué luminosa. Esa elimina el obstáculo que paralizaba toda la
encuesta. Contra los sabios teólogos la pequeña ignorante tenía razón.
¿Como explicar humanamente, también en este caso, la luz , la sabiduría,
la perseverancia de la monja? Una falsa visionaria habría tratado de
adaptarse a las explicaciones de los teólogos. La monja resistió: he aquí
las nuevas razones por las cuales su testimonio nos parece digno de ser
apoyado con confianza.
De todos modos, lo que me parece digno de nota es esta actitud de recato
tomada en relación con lo maravilloso. Mientras que las falsas místicas
ponen en el primer puesto y, es más, no ven otra cosa que, las cosas
extraodinarias, éstas, en el caso de la monja, están puestas en segundo
lugar, como título de prueba y de medios. Hay una ausencia de exaltación, un
equilibro de valores que dan buena impresión. De la encuesta de los teólogos
diré solo pocas cosas. Los reverendos padres Alberto y Augusto Valencin son
estimados por la autoridad filosófica y teológica, y también por sus
conocimientos de vida espiritual. Ya habían tenido que intervenir en otras
circunstancias por hechos de la misma naturaleza que, como esta vez, les habían
sido sometidos a examen.
Sabemos que lo hicieron con mucha prudencia. Estas son las razones por las cuales los hemos escogidos.
Estamos muy
agradecidos por esa colaboración que fué devota y verdaderamente
escrupulosa. Sus testimonios en favor de la monja y en favor de una explicación
sobrenatural de los hechos en su totalidad tienen mucho más valor porque se
han demorado por mucho tiempo, siendo primero hostiles y escépticos y después
titubeantes. Se convencieron poco a poco después de haber puesto toda clase
de objeciones, y de haberle impuesto a la monja duras pruebas. e acuerdo con
mi alma y con mi conciencia, con un vivísimo sentido de mi responsabilidad
ante la Iglesia, declaro: que la intervención sobrenatural y divina me
parece la única capaz de dar una explcación lógica y satisfactoria al
conjunto de hechos.
Quitando todo lo que lo rodea, este acontecimiento excepcional me parece
que está lleno de nobleza, de elevación y de fecundidad sobrenaturales.
Una humilde religiosa ha llamado a las almas hacia el verdadero culto,
el del Padre, tal como Jesús lo enseñó y como la Iglesia lo ha
fijado en su
liturgia.
En esto no hay nada de alarmante, nada que no sea muy simple y conforme
con una sólida doctrina.
Los hechos maravillosos que acompañan este mensaje podrían estar
desasociados de aquel acontecimiento central, que conservaría todo su
valor. La Iglesia dirá si la idea de la fiesta especial puede tenerse en
consideración, separadamente del hecho particular de la monja y por razones
doctrinales.
Yo creo que la gran prueba de la autenticidad de la misión de la monja
nos la dá la manera como ella aplica en la vida real la hermosa doctrina que
tenía que recordar. Creo conveniente dejarla continuar su obra. Creo que allá
está el dedo de Dios, y después de diez años de búsquedas, de reflexiones
y de oraciones, bendigo al Padre por haberse dignado de escoger a mi diócesis
como lugar de manifestaciones tan conmovedoras de Su Amor.
+
ALEXANDRE
CAILLOT
Obispo de Grenoble
1°
Fascículo
1° de Julio de 1932
Fiesta de la Preciosa Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.
¡He
aquífinalmente el día para siempre bendito de la promesa del Padre Celestial!
Hoy terminan los largos días de preparación y me siento cerca, muy
cerca de la llegada del Padre mío y Padre de todos los hombres.
¡Algunos
minutos de oración y después todas las alegrías espirituales! ¡Tengo
sed de oirlo y de verlo!
Mi corazón ardiente de amor se abre con una confianza tan grande que he
podido constatar que hasta ahora no había estado tan confiada con nadie.
Pensar en mi Padre me lanzaba en una loca alegría.
¡Finalmente cánticos comienzan a oirse. Algunos ángeles vienen y me
anuncian la feliz llegada! Sus
cantos son tan bellos que me propuse de transcribir-los apenas posible.
Esta armonía cesó por un
instante y he aquí el cortejo de elegidos, de querubines y de serafines,
con Dios nuestro Creador y Padre nuestro.
Postrada, con el rostro en el suelo, hundida en mi nada, recité el
Magnificat Enseguida el Padre me
dijo que me sentara con El para escribir lo que había decidido decirle a los
hombres.
Toda la corte que lo había acompañado desapareció. El Padre se quedó
solo conmigo y antes de sentarse me dijo:
“¡Te lo dije ya y te
lo repito: no puedo donar una vez más a mi Hijo predilecto para
demostrarles a los hombres mi amor! Ahora es para amarlos y para que conozcan
este amor que yo vengo en medio de ellos, tomando el aspecto y semenjanza, y
la pobreza.
Mira, ¡pongo
en el suelo mi corona y toda mi gloria para tomar la actitud de un hombre común!”
Después de haber
tomado la actitud de un hombre común poniendo su corona y su gloria a sus
pies, puso el globo del mundo sobre su corazón, sosteniéndolo con la mano
izquierda, y se sentó junto a mí. ¡Puedo solo decir algunas palabras, ya
sea sobre su llegada y sobre la actitud que se dignó asumir ya sea sobre su
amor! En mi ignorancia no encuentro palabras para expresar lo que El me hizo
entender
“¡Paz y salvación, dijo, para esta casa y para el mundo entero!
¡Que mi potencia, mi amor y mi Espíritu Santo toquen los corazones de los
hombres, para que toda la humanidad se encamine hacia la salvación y venga
hacia su Padre, que la busca para amarla y salvarla!
Que mi Vicario Pío XI comprenda que estos días son días de salvación
y de bendición. Que no se deje escapar la oportunidad de llamar la atención
de los hijos hacia el Padre, que viene para darles el bien en esta vida y para
prepararles la felicidad eterna.
Escogí este día para iniciar mi obra entre los hombres porque es la
fiesta de la Sangre Preciosa de mi hijo Jesús. Tengo la intención de bañar
con esta sangre la obra que estoy iniciando, para que dé grandes frutos
para la humanidad entera”.
Hé aquí el verdadero objeto de mi venida:
1) - Vengo
para eliminar el temor excesivo que mis criaturas tienen de mí, y para
hacerles comprender que mi alegría está en el ser conocido y amado por mis
hijos, es decir, por toda la humanidad presente y futura.
2) - Vengo
para traerles la esperanza a los hombres y a las naciones. ¡Cuantos la han
perdido desde hace mucho tiempo! Esta esperanza les hará vivir en paz y con
seguridad, trabajando para la salvación.
3) - Vengo
para hacerme conocer así como soy. Para que la confianza de los hombres
aumente contemporáneamente con el amor hacia mí, el Padre, que tiene una
sola preocupación: velar sobre todos los hombres, y amarlos como hijos.
El pintor se
deleita contemplando el cuadro que pintó; ¡ así mismo yo me complazco, me
alegro, viniendo en medio de los hombres, obra maestra de mi creación!
El
tiempo apremia. Quiero que el hombre sepa lo más pronto posible que lo amo y
que siento la más grande felicidad estando con él, como un Padre con sus
hijos.
Yo soy el Eterno y cuando vivía solo ya había pensado en usar toda mi
potencia para crear seres a mi imagen y semejanza. Pero se necesitaba
primero la creación material para que estos seres pudieran encontrar su apoyo:
entonces fué la creación del mundo. Lo llenaba con todo lo que yo sabía que
era necesario para los hombres: el aire, el sol y la lluvia, y muchas otras
cosas que yo sabía que eran necesarias para sus vidas.
¡Al final, la creación del hombre! Me complací de mi obra. El hombre
comete pecados, pero es entonces cuando, justamente, se manifiesta mi bondad
infinita. Para vivir entre los hombres creé y escogí, en el Antiguo
Testamento, a los profetas, a quienes comuniqué mis deseos, mis penas y mis
alegrías, para que los transmitieran a todos.
Más crecía el mal y más mi bondad me apremiaba a comunicarme con las
almas justas para que transmitieran mis órdenes a los que causaban desórdenes.
Y así, a veces, tuve que usar la severidad para reprenderlos, no para
castigarlos -
porque eso habría hecho solo mal -
para alejarlos del vicio y
dirigirlos hacia el Padre y Creador, a quién, ingratamente, habían
olvidado y desconocido. Más tarde el mal sumergió tanto el corazón de los
hombres que me ví obligado a enviar plagas al mundo para que el hombre se
purificara por medio del sufrimiento, la destrucción de sus bienes y hasta
la pérdida de la vida: fué el diluvio, la destrucción de Sodoma y de
Gomorra, las guerras del hombre contra el hombre, etc.
Siempre he querido quedarme en este mundo entre los hombres. Y así, durante
el diluvio estaba cerca de Noé, el único justo de ese entonces. También
durante las otras plagas encontré siempre un justo con el cuál morar y, a
través de él, viví en medio de los hombres de aquel tiempo, y así fué
siempre.
El mundo a menudo ha sido purificado de su corrupción por mi infinita
bondad hacia la humanidad. Y entonces continuaba a escoger algunas almas en
las cuales me complacía para que, por medio de ellas, pudiera deleitarme con
mis criaturas, los hombres.
Le prometí al mundo el Mesías. ¡Que no he hecho para preparar su
venida, mostrándome en las figuras que lo representaban hasta mil y mil años
antes de su venida!
¿Quién
viene a representar?
El
Mesías es Dios.
-
¿Quién es Dios? Dios es el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo.
-
¿De donde viene, o mejor
dicho, quién le ordenó de venir en medio de los hombres? Yo, su Padre, Dios.
- ¿A
quién representará en la tierra? A su Padre, Dios.
- ¿Qué
hará en la tierra? Hará conocer y amar al Padre, Dios.
- ¿No
dijo?:
“¿No sabéis que es necesario que me ocupe de las cosas del Padre mío?”
(“¿nesciebatis
quia in his quae Patris mei sunt oportet me esse?” S.
Lucas, c. 2 y.
49). “He venido solo para hacer
la voluntad del Padre mío” “Todo lo que pediréis al Padre mío en mi
nombre os lo concederá” “Le rezaréis así: Padre nuestro que estás en
los Cielos...” y más adelante, dado que vino para glorificar el Padre y
hacerlo conocer a los hombre, dijo: “Quién me vé, vé a mi Padre”
“Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” “Nadie viene al Padre si
no es por medio de mí” “Nemo venit ad Patrem nisi per me” -
(5. Juan c. 14 y.
6). “Quienquiera esté conmigo
está también con el Padre mío”, etc., etc. Oh hombres, concluid que por
toda la eternidad he tenido solo un deseo, hacerme conocer y amar por los
hombres, deseando incesantemente de estar con ellos.
¿Queréis una prueba auténtica de este deseo que tengo y que he apenas
explicado?
¿Por qué le ordené a Moisés que construyera el tabernáculo y el
Arca de la Alianza si no es porque tenía el deseo ardiente de venir a vivir,
como un Padre, un hermano, un amigo de confianza, con mis criaturas, los
hombres? Y a pesar de esto me olvidaron, me ofendieron con culpas innumerables.
Sin embargo, para que se recordaran de Dios, su Padre, y del único deseo
que tiene de salvarlos, le dí mis mandamientos a Moisés para que teniéndolos
y cumpliéndolos se recordaran del Padre infinitamente bueno, todo absorto
en la salvación de ellos, salvación presente y eterna.
Todo esto cayó
otra vez en el olvido y los hombres se hundieron en el error y en el temor,
considerando que cansaba mucho el cumplir con los mandamientos, así como
los había transmitido a Moisés. Hicieron otras leyes, queiban de acuerdo son
sus vicios, para poder cumplirlas más fácilmente. Poco a poco, con el temor
exagerado que tenían de mí, me olvidaron siempre más y me llenaron de
ultrajes.
Y sin embargo, mi amor por estos hombres, mis hijos, ni siquiera se ha
detenido. Cuando constaté bien que ni los patriarcas, ni los profetas habían
podido hacer que los hombres me conocieran y me amaran, decidí venir yo mismo.
Pero, ¿como hacer para encontrarme en medio de los hombres? No había
otro medio que el de ir yo mismo en la segunda persona de mi divinidad.
¿Me
reconocerán los hombres? ¿Me escucharán?
Para mí nada del futuro
estaba escondido; a estas dos preguntas respondí yo mismo:
“Ignorarán mi presencia, aún estando cerca de mí. En mi Hijo me
maltratarán, a pesar de todo el bien que les hará. En mi hijo me calumniarán,
me crucificarán para hacerme morir”.
¿Me detendré por esto? No, mi amor por mis hijos, los hombres, es demasiado
grande.
No me detuve allí: reconoceréis bien que os he amado más que a mi
Hijo predilecto, por así decir, ó para decirlo todavía mejor, más que a
mí mismo.
Lo que os digo es talmente verdadero que si hubiese bastado una de mis
criaturas para expiar los pecados de los otros hombres, por medio de una
vida y una muerte semejante a la de mi Hijo, hubiera titubeado. ¿Por qué?
Porque habría traicionado mi amor haciendo sufrir a una criatura que amo,
en vez de sufrir yo mismo en mi Hijo. No he querido nunca hacer sufrir a mis
hijos.
Este es, en breve, la historia de mi amor hasta mi venida, por medio de
mi Hijo, en medio de los hombres.
La mayor parte
de los hombres conoce todos estos hechos, pero ignora Io esencial: es decir,
¡que fué el amor el que condujo todo!
Sí, es el amor, es esto lo que quiero hacerles notar. Ahora este amor
está olvidado. Quiero recordárselos para que aprendan a conocerme así
como soy. Para que no estéis atemorizados como esclavos, con un Padre que
os ama hasta este punto.
Mirad,
en esta historia estamos solo al primer día del primer siglo, y quisiera
conducirla hasta nuestros días: hasta el siglo XX
¡Oh, como los hombres han olvidado mi amor de Padre! ¡Y sin embargo os
amo muy tiernamente! En mi Hijo, es decir en la persona de mi Hijo hecho
hombre, ¡que no he hecho todavía! La divinidad en esta humanidad se veló,
quedó pequeña, pobre y humillada. Conduje con mi Hijo una vida de sacrificios
y de trabajo. ¡Recibí sus oraciones para que el hombre tuviera un camino
trazado y caminara siempre en la justicia, para que llegase hasta mí, al seguro!
¡Cierto, puedo muy bien comprender la debilidad de mis hijos! Por esto
le pedí a mi Hijo que les donara los medios para levantarse después de las
caídas. Estos medios los ayudarán a purificarse de los pecados, para que
sean todavía los hijos de mi amor. Principalmente son los siete sacramentos
y sobretodo el gran medio para salvarse que es el Crucifijo, que es la
Sangre de mi Hijo, que en cada instante se derrama sobre vosotros, siempre y
cuando lo querráis, ya sea con el sacramento de la penitencia, ya sea con el
santo sacrificio de la Misa.
Mis queridos hijos, desde hace veinte siglos os colmo de estos bienes
con gracias especiales y ¡el resultado es mísero!
¡Cuantas criaturas mías, que se han vuelto hijas de mi amor por medio
de mi Hijo, se han lanzado muy rápidamente en el abismo eterno! En verdad no
han conocido mi infinita bondad, ¡yo os amo mucho! (expresión preferida por
Sor Eugenia y que se repite a menudo).
Por lo menos vosotros, que sabéis que he venido personalmente para
habla-ros, para haceros conocer mi amor, por piedad de vosotros mismos no os
lanzéis en el precipicio. ¡Yo soy vuestro Padre!
¿Es posible que después de haberme llamado Padre y de haberme demostrado
vuestro amor, encontréis en mí un corazón tan duro y tan insensible que os
deje perecer? ¡No, no, no lo creáis! ¡Yo soy el mejor de los padres! ¡Conozco
las debilidades de mis criaturas! ¡Venid, venid a mí con confianza y amor! Y
yo perdonaré después de vuestro arrepentimiento. ¡Aunque vuestros pecados
fueran repugnantes como el fango, vuestra confianza y vuestro amor me los harían
olvidar, y así no seréis juzgados! Yo soy justo, es verdad, pero ¡el amor
paga todo!
Escuchad, hijos míos,
hagamos una suposición para que tengáis la seguridad de mi amor. Para mí
vuestros pecados son corno el hierro y vuestros actos de amor como el oro. ¡Aunque
me entregárais mil kilos de hierro no sería tanto cuanto si me donárais
diez kilos de oro! Esto significa que con un poco de amor se rescatan enormes
iniquidades.
Este es un pequeñísimo aspecto de mi juicio sobre mis hijos, los
hombres, todos sin excepción. Por Io tanto hay que llegar hasta mí. ¡Yo
estoy tan cerca de vosotros! Entonces, es necesario amarme y glorificarme para
que no seáis juzgados, o por lo menos para que seáis juzgados con amor
infinitamente misericordioso.
¡No lo dudéis! Si mi corazón flO fuera así ¡habría ya
exterminado el mundo cada vez que se hubiese cometido el pecado! Mientras que,
y vosotros sóis testigos, en cada instante se manifiesta mi protección,
mediante gracias y beneficios. Podéis concluir que existe un Padre sobre
todos los padres, que os ama y que no cesará nunca de amaros, siempre y
cuando lo querráis.
Vengo en medio
de vosotros por dos caminos: ¡la Cruz y la Eucaristía!
La Cruz es el camino
que baja en medio de mis hijos, porque es por medio de ella que os hice
redimir por mi Hijo. Y para vosotros la Cruz es el camino que sube hacia mi
Hijo, y desde mi Hijo hacia mí. Sin ella nunca podríais llegar, porque el
hombre, con el pecado, ha atraído sobre sí mismo el castigo de la separación
de Dios.
En la Eucaristía yo vivo en medio de vosotros como un Padre en su
familia. Quise que mi Hijo instituyese la Eucaristía para hacer de cada
tabernáculo un depósito de mis gracias, de mis riquezas y de mi amor, para
darlos a los hombres, mis hijos.
Es siempre por estos dos caminos que hago descender mi potencia y mi infinita
misericordia.
Ahora que he demostrado que mi Hijo Jesús me representa entre los hombres,
y que por medio de él vivo constantemente en medio ellos, quiero demostraros
también que vengo entre vosotros por medio de mi Espíritu Santo.
La obra de esta tercera persona de mi divinidad se cumple sin ruido, y a
menudo el hombre no se dá cuenta. Pero para mí es un medio muy idóneo
para vivir, no solo en el tabernáculo sino también en el alma de todos los
que están en estado de gracia, para establecer mi trono y vivir siempre como
un verdaero Padre que ama, protege y sostiene a su hijo. Nadie puede
comprender la alegría que siento cuando estoy a solas con un alma. Nadie ha
comprendido todavía los deseos infinitos de mi corazón de Dios Padre de
ser conocido, amado y glorificado por todos los hombres, justos y pecadores.
Por lo tanto, son estos tres homenajes que deseo recibir de parte del hombre,
para que yo sea siempre misericordioso y bueno, aún con los grandes pecadores.
¡Qué no he hecho por mi pueblo, desde Adán hasta José, padre
adoptivo de Jesús, y desde José hasta hoy día, para que el hombre me diese
un culto especial, que me es debido, como Padre, Creador y Salvador! Sin
embargo, ¡este culto especial, que he deseado tanto, no me ha sido todavía
dado!
En el Exodo podéis leer que hay que ensalzar a Dios con un culto
especial. Sobretodo los salmos de David contienen esta enseñanza. En los
mandamientos que yo mismo dí a Moisés puse en primer lugar “Adorarás y
amarás perfectamente a un solo Dios”.
Bien, amar y ensalzar a una persona son dos cosas que van juntas. Dado
que os he colmado de muchos bienes, ¡tengo, por lo tanto, que ser alabado por
vosotros en modo particular!
Dándoos la vida ¡he querido crearos a mi imagen y semejanza! Por lo
tanto, ¡vuestro corazón es sensible como el mío, y el mío como el vuestro!
¿Qué no haríais si uno de vuestros vecinos os hiciera un pequeño
favor para complaceros? El hombre más insensible conservaría para esa
persona un agradecimiento inolvidable. Cualquier hombre buscaría también
lo que mayor placer le haría a esa persona, para recompensarla por el
servicio recibido. Bien, yo, yo seré muchos más agradecido con vosotros,
asegurando la vida eterna, si vosotros me hacéis el pequeño favor de
glorificarme como os lo pido.
Reconozco que me alabáis en mi Hijo, y que existen algunos que saben
elevar todo hacia mí por medio de mi Hijo, ¡pero son pocos! ¡Sin embargo
no penséis que glorificando a mi Hijo no me glorificáis! ¡Claro que sí,
me glorificáis porque yo vivo en mi Hijo! Por lo tanto, ¡todo lo que es
gloria para él lo es también para mí!
Pero yo quisiera ver al hombre glorificar a su Padre y Creador con un
culto especial. Más me glorificáis más glorificáis a mi Hijo, dado que,
por mi voluntad, él se hizo Verbo encarnado y vino en medio de
vosotros para haceros conocer a aquel que lo mandó.
uando
me conoceréis amaréis, a mí y a mi Hijo predilecto, más de lo que amáis
ahora. Mirad cuantas criaturas mías, que se han vuelto mis hijos por medio
del misterio de la redención, no están en el prado que he establecido para
todos los hombres, mediante mi Hijo. Mirad cuantos otros, y vosotros lo sabéis,
ignoran la existencia de estos prados, y cuantas criaturas, que han salido de
mis manos, y de las cuales yo conozco la existencia mientras que vosotros la
ignoráis. ¡no conocen ni siquiera la mano que las ha creado!
¡Oh, como
quisiera hacerles saber que Padre Omnipotente soy para vosotros y como lo sería
también para ellos con mis gracias! Quisiera hacerles transcurrir una vida más
dulce con mi ley. Quisiera que fueráis a donde ellos en mi nombre y que les
hablaráis de mí. Sí, decidles que tienen un Padre que, después de haberlos
creado, quiere darles los tesoros que posee. Sobretodo decid que pienso en
ellos, que los amo y quiero darles la felicidad eterna. ¡Ah! Os lo prometo:
los hombres se convertirán más rápidamente.
Creedme, si hubieráis comenzado desde la Iglesia primitiva a
glorificarme con un culto especial, después de veinte siglos habrían quedado
pocos hombres viviendo en la idolatría, en el paganismo y en tantas falsas
y malas sectas, ¡en las cuales el hombre corre con los ojos cerrados para
lanzarse en el abismo del fuego eterno! ¡Mirad cuanto trabajo queda por hacer!
¡Mi hora ha llegado! Es necesario que sea conocido, amado y glorificado
por los hombres, para que, después de haberlos creado, yo pueda ser su Padre,
después su Salvador y finalmente el objeto de sus delicias eternas.
Hasta aquí os he hablado de cosas que ya sabéis, y he querido
recordarlas para que estéis más convencidos todavía de que soy un Padre
buenísimo y no un Padre terrible como vosotros creéis, es más, que soy el
Padre de todos los hombres actualmente vivientes, y que todavía los crearé
hasta el fin del mundo.
Sabed que quiero ser conocido, amado y sobretodo glorificado. Que todos
reconozcan mi bondad infinita para todos y sobretodo para los pecadores, los
enfermos, los moribundos y todos los que sufren. Que sepan que no tengo otro
deseo que el de amarlos, donarles mis gracias, perdonarlos cuando se arrepienten,
y sobretodo no juzgarlos con mi justicia sino con mi misericordia, para que
todos se salven y sean incluídos en el número de los elegidos.
Para concluir esta exposición os hago una promesa cuyo efecto será
eterno, es esta: Llamadme con el nombre de Padre, con confianza y amor, y
recibiréis todo de parte de este Padre con amor y misericordia.
Que
mi hijo, tu padre espiritual, se ocupe de mi gloria y transcriba, frase tras
frase, lo que te he hecho escribir, y también lo que te haré escribir todavía,
sin añadir nada, para que los hombres encuentren facil y placentera la
lectura de lo que quiero que sepan.
Cada día,
poco a poco, te hablaré de mis deseos en relación con los hombres, de mis
alegrías, de mis penas y, sobretodo, le mostraré a los hombres mis infinitas
bondades y la ternura de mi amor piadoso.
También quisiera que tus superioras te permitieran de usar tus momentos
de libertad para estar conmigo, y que tu puedas, por media hora al día,
consolarme y amarme, y así obtener que los corazones de los hombres, mis
hijos, se dispongan a trabajar bien para extender este culto, del cuál os
he revelado ahora la forma, para que lleguéis a tener una gran confianza en
este Padre que quiere ser amado por sus hijos.
Para que esta obra que quisiera hacer con los hombres pueda extenderse
en todas las naciones lo más pronto posible, sin que los que serán
encargados de difundirla cometan la mínima imprudencia, te pido que
transcurras tus días en gran recogimiento. Te sentirás feliz de hablar poco
con las criaturas y, en tu corazón, en secreto hablarás conmigo y me
escucharás, aún cuando estarás en medio de los demás.
Por otra parte, esto es lo que quiero que hagas: cuando a veces te
hablaré de tí personalmente tu escribirás mis confidencias en un pequeño
diario especial. Pero aquí pretendo hablar de los hombres: yo vivo con los
hombres en una intimidad mayor que la de una madre con sus hijos.
Desde la creación del hombre no he cesado nunca, ni un instante, de
vivir junto a él; como Creador y Padre del hombre siento la necesidad de
amarlo. No es que yo necesite de él, pero mi amor de Padre y Creador me hace
sentir esta necesidad de amar al hombre. Por lo tanto yo vivo cerca del hombre,
lo sigo por todas partes, lo ayudo en todo, proveo a todo.
Yo veo sus necesidades, sus trabajos, todos sus deseos, y mi felicidad más
grande es la de socorrerlo y salvarlo.
Los hombres creen que yo soy un Dios terrible, y que precipito a toda la
humanidad en el infierno. ¡Qué sorpresa cuando, al final de los tiempos,
verán muchas almas, que creían perdidas, gozar de la eterna felicidad en
medio de los elegidos!
Quisiera
que todas mis criaturas se convenzan de que hay un Padre que vela por ellas
y que quiere hacerles pregustar, aún aquí abajo, la felicidad eterna.
Una madre no olvida nunca la pequeña criatura que dió a luz. ¿No es aún
más hermoso que, de parte mía, me recuerde de todas la criaturas que he
puesto en el mundo?
Ahora, si la madre ama este pequeño ser que yo le he donado, yo lo amo
más que ella porque yo lo he creado. Aunque una madre amase menos a su niño
por algún defecto que tiene, yo, al contrario, lo amaré todavía más. Ella
podría llegar hasta a olvidarlo, ó a pensar en él raramente, sobretodo
cuando lo han quitado a su vigilancia, pero yo no lo olvidaré nunca. Yo lo
amaré siempre, y aún si no se recuerda más de mí su Padre y Creador, yo me
recordaré de él y lo amaré todavía.
Antes os dije que quisiera daros, aún aquí abajo, la felicidad eterna,
pero vosotros no habéis comprendido todavía esta palabra, y he aquí el
significado: Si me amáis y si me llamáis con confianza con el dulce nombre
de Padre, comenzáis ya desde acá abajo con el amor y la confianza que harán
vuestra felicidad en la eternidad, que cantaréis en el Cielo en compañía
de los elegidos. ¿No es esta una anticipación de la felicidad de los Cielos
que durará eternamente?
Por lo tanto
deseo que el hombre se recuerde a menudo que yo estoy allí en donde está él.
Que no podría vivir si yo no estuviese con él, viviente como él. A pesar de
su incredulidad yo no dejo nunca de estar junto a él.
¡Ah! como deseo ver realizado el plan que quiero comunicaros y que es
este:
hasta
hoy el hombre no ha pensado para nada en hacerle a Dios, su Padre, este favor
que estoy por decir: Quisiera ver que se establece una gran confianza entre
el hombre y su padre de los Cielos, ver un verdadero espíritu de familiaridad
y de delicadeza al mismo tiempo, para que no se abuse de mi gran bondad.
Conozco vuestras necesidades, vuestros deseos y todo lo que está en
vosotros. Pero como estaría agradecido y sería feliz si os viera venir a mí
para hacerme las confidencias de vuestras necesidades, como un hijo
totalmente confiado en su padre. Si me lo pidieséis, ¿como podría
rechazar cualquier cosa, de mínima o máxima importancia que sea? ¿Aunque si
no me véis ni me sentís muy cerca de vosotros en los acontecimientos que
suceden en vosotros y en vuestro alrededor? ¡Un día, como será meritorio
para vosotros el haber creído en mí sin haberme visto!
Aún
ahora que estoy aquí, en persona, en medio de todos vosotros, que os hablo
repitiendo incesantemente, en todas las formas, que os amo y que quiero ser
conocido, amado y glorificado con un culto especial, vosotros no me véis,
excepto una sola persona, ¡aquella a la cuál he dado este mensaje! ¡Una
sola en toda la humanidad! Y sin embargo héme aquí que os hablo, y en la que
veo y a la cuál hablo os veo a todos y os hablo a todos y a cada uno de
vosotros, ¡y os amo como si me vieráis!
Por lo tanto, deseo que los hombres me conozcan y que sientan que estoy
cerca de ellos. Oh hombres, recordad que quisiera ser la esperanza de la humanidad.
¿No lo soy ya? Si no fuera la esperanza del hombre, el hombre estaría
perdido. ¡Pero es necesario que yo sea conocido como tal para que la paz, la
confianza y el amor entren en el corazón de los hombres y lo pongan en relación
con su Padre del Cielo y de la tierra!
¡No
penséis que yo sea ese terrible viejo que los hombres representan en sus imágenes
y en sus libros! No, no, yo no soy
ni más joven ni más viejo que mi Hijo y que mi Santo Espíritu.
Por lo tanto quisiera que todos, desde el niño hasta el anciano, me
llamen con el nombre familiar de Padre y de amigo, pues yo estoy siempre con
vosotros, y me hago semejante a vosotros para haceros semejantes a mí. ¡Cuán
grande sería mí alegría al ver que los hombres enseñan a sus niños a
llamarme a menudo con el nombre de Padre, como soy realmente! ¡Como desearía
ver infundir en esas jóvenes almas una confianza y un amor todo filial por mí!
Yo he hecho todo por vosotros; ¿no hariáis esto por mí?
Quisiera establecerme en cada familia con mi dominio para que todos puedan
decir con seguridad: “tenemos un Padre que es infinitamente bueno, ínmensamente
rico y muy misericordioso. El piensa en nosotros y está cerca de nosotros,
nos mira, nos sostiene y nos dará todo lo que nos falta, si se lo pedimos.
Todas las riquezas son nuestras, nosotros tendremos todo lo que necesitamos”.
Precisamente estoy allí para que me pidáis lo que os es necesario: “Pedid
y recibiréis”. Con mi paternal bondad os daré todo, como verdaderamente
hago, siempre que todos sepan considerarme como un verdadero Padre viviente en
medio de mis hijos.
Deseo también que cada familia exponga a la vista de todos la imagen
que más tarde haré conocer a mi “hijita”. Deseo que cada familia se
ponga bajo mi protección, muy especial, para que puedan glorificarme más fácilmente.
Allí, sus sufrimientos, sus deseos y también sus alegrías, porque un Padre
tiene que saber todo lo que se refiere a sus hijos. Seguramente yo lo sé dado
que estoy allí, pero me gusta mucho la simplicidad. Yo sé doblegarme a
vuestras condiciones. Me vuelvo pequeño con los pequeños, me vuelvo adulto
con los hombres adultos, con los ancianos me vuelvo semejante a ellos, para
que todos comprendan lo que quiero decirles de su santificación y de mi
gloria.
La prueba de lo que os digo ¿no la tenéis ya en mi Hijo que se hizo
pequeño y debil como vosotros? ¿No la tenéis también ahora, viéndome aquí
que os hablo? Y, para que podáis entender lo que quiero deciros ¿no he
escogido, para hablaros, a una pobre criatura como vosotros? Y ahora, ¿no me
hago semejante a vosotros?
Mirad, he
puesto mi corona a mis piés y el mundo sobre mi corazón. He dejado mi
gloria en el cielo y vine aquí dándome todo para todos, pobre con los pobres
y rico con los ricos. Quiero proteger a la juventud como un tierno Padre. ¡Hay
tanto mal en el mundo! Estas pobres almas inexpertas se dejan seducir por
las lisonjas del vicio que, poco a poco, las conducen a la ruina total. Oh,
vosotros que necesitáis especialmente a alguien que os cuide en la vida para
que podáis evitar el mal, ¡venid a mí! ¡Yo soy el Padre que os ama más de
lo que ninguna otra criatura podrá nunca amaros! Refugiáos cerca, cerca de mí,
confiadme vuestros pensamientos y deseos. Yo os amaré tiernamente. Os daré
gracias para el presente y bendeciré vuestro porvenir. Podéis estar seguros
de que no os olvido, ni después de quince, veinticinco o treinta años, ni
desde que os he creado. ¡Venid! Veo que necesitáis mucho un Padre dulce e
infinitamente bueno como yo.
Sin extenderme en muchas cosas que sería oportuno decir aquí, pero que
podré decir más tarde, quiero ahora hablar en modo particular a las almas
de los que me han escogido, sacerdotes y religiosos: para vosotros, hijos
queridos de mi amor, ¡tengo grandes proyectos!
Antes
de dirigirme a todos me dirijo a tí, hijo mío dilecto, a tí mi Vicario, para
poner en tus manos esta obra que debería ser la primera entre todas y que,
por el temor que el demonio ha inspirado en los hombres, se cumplirá solo en
este tiempo.
¡Ah! quisiera que tu comprendieras la extensión de esta obra, su
grandeza, su amplitud, su profundidad, su altura. ¡Quisiera que tu
comprendieras los deseos inmensos que tengo en relación con la humanidad
presente y futura! ¡Si tu supieras cuanto deseo ser conocido, amado y
glorificado por los hombres, con un culto especial! Este deseo Io conservo en
mí desde toda la eternidad y desde la creación del primer hombre. Este deseo
lo manifesté varias veces a los hombres, sobretodo en el Antiguo Testamento.
Pero el hombre no lo ha entendido nunca. Ahora este deseo me hace olvidar
todo el pasado, siempre y cuando se realice en el presente, en mis criaturas
del mundo entero.
Me rebajo al nivel de la más pobre de mis criaturas para poder,
considerando su ignorancia, hablarle y por medio de ella poder hablar a los
hombres, ¡ sin que ella se dé cuenta de la grandeza de la obra que quisiera
hacer con ellos!
No puedo
hablar de teología con ella, estoy seguro de que fallaría, de que no
entendería. Yo permito que sea así para poder realizar mi obra mediante la
simplicidad y la inocencia. Pero ahora te toca a tí poner esta obra en
estudio y llevarla muy rápidamente a la ejecución.
Para ser conocido, amado y glorificado con un culto especial no pido
nada de extraordinario. Deseo solo esto:
1) Que un día, o por lo menos un domingo, sea consagrado para
glorificar-me, en modo muy particular, con el nombre de Padre de toda la
humanidad.
Para esta fiesta quisiera una Misa y una función apropiada. No es
dificil encontrar los textos en la Sagrada Escritura.
Si preferís rendirme este culto especial un domingo, yo escojo el
primer domingo de Agosto, si escogéis un día de la semana, prefiero que
sea el día 7 de este mismo mes.
2) Que todo el clero se empeñe en el desarrollo de este culto y,
sobretodo, que me haga conocer por los hombres así como soy y como seré
siempre con ellos, es decir, el Padre más tierno y más amable entre todos
los padres.
3) Deseo que me
hagan entrar en todas las familias, en los hospitales, también en los
laboratorios y en los talleres, en los cuarteles, en las salas de deliberación
de los ministros de todas las naciones, y en fin, en cualquier parte en donde
se encuentren mis criaturas, ¡aunque hubiera una sola criatura! Que
el signo tangible de mi invisible presencia sea una imagen que demuestre que
estoy realmente presente allí. Así todos los hombres actuarán bajo la
mirada de su Padre, y yo mismo tendré bajo mi mirada a la criatura que he
adoptado después de haberla creado, y todos mis hijos estarán bajo la mirada
de su tierno Padre.
Indudablemente también ahora estoy en todas partes, ¡pero quisiera
estar representado en manera sensible!
4) Que durante el año el clero y los fieles hagan algunos ejercicios en
mi honor, sin perjudicar sus habituales ocupaciones.
Que sin temor mis sacerdotes vayan por todas partes, en todas las
naciones, para llevarles a los hombres la llama de mi paternal amor. Entonces
las almas se iluminarán ya conquistadas, no solo entre los fieles sino también
entre las sectas que no son de la verdadera Iglesia.
Sí, que también
estos hombres, que son mis hijos, vean brillar esta llama, que conozcan la
verdad, que abracen y practiquen todas las virtudes cristianas.
5) Quisiera ser glorificado en modo particular en los seminarios, en los
conventos de novicios, en las escuelas y en los internados. Que todos, desde
el más pequeño hasta el más grande, puedan conocerme y amarme como su
Padre, su creador y su salvador.
6) Que los sacerdotes se empeñen en buscar en las Sagradas Escrituras
lo que dije en otros tiempos, y que hasta ahora ha sido ignorado, en relación
con el culto que deseo recibir de parte de los hombres. Que trabajen para que
mis deseos y mi voluntad lleguen a todos los fieles y a todos los hombres,
especificando lo que diré para todos los hombres en general y, en
particular, para los sacerdotes, los religiosos y religiosas. Estas son las
almas que escojo para que me rindan grandes homenajes, más que los otros
hombres del mundo.
¡Cierto es que se necesitará tiempo para llegar a una completa
realización de lo que deseo de parte de la humanidad y que te he hecho
conocer! Pero un día, con las oraciones y los sacrificios de las almas
generosas, que se inmolarán por esta obra de mi amor, sí, un día estaré
satisfecho. Te bendeciré, hijo mío predilecto, y te daré el céntuplo de
todo lo que harás por mi gloria.
Quiero decir unas palabras a tí también, hijo mío Alejandro, para que mis
deseos se realicen en el mundo.
Es necesario que, con el padre espiritual del “arbusto” de mi hijo
Jesús, seáis promotores de esta obra, es decir, de este culto especial que
espero de parte de los hombres. A vosotros, hijos míos, confío esta obra y
su futuro tan importante.
Hablad, insistid, haced saber lo que diré para que yo sea conocido,
amado y glorificado por todas mis criaturas, y así habréis hecho lo que me
espero de vosotros, es decir, mi voluntad, y habréis realizado mis deseos,
que desde hace tiempo conservo en el silencio.
Todo lo que
haréis por mi gloria yo lo redoblaré para vuestra salvación y vuestra
santificación. En fin, será en el cielo, y solo en el cielo, que veréis la
gran recompensa que os daré en modo particular, y también a todos los que
trabajarán para esto.
He creado al hombre para mí y es muy justo que yo sea TODO para el hombre.
El hombre no saboreará las verdaderas alegrías estando afuera de su Padre
y creador, porque su corazón está hecho solo para mí.
Por mi parte, mi amor por mis criaturas es tan grande que no siento otra
alegría que la de estar entre los hombres.
Mi gloria en el cielo es infinitamente grande, pero es todavía más
grande cuando me encuentro entre mis hijos: los hombres de todo el mundo.
Criaturas mías, vuestro cielo está en el Paraíso con mis elegidos, porque
es allá arriba, en el cielo, que me contemplaréis en una visión perenne, y
gozaréis de una gloria eterna. ¡Mi cielo está en la tierra con todos
vosotros, oh hombres! Sí, es en la tierra y en vuestras almas que busco mi
felicidad y mi alegría. Podéis darme esta alegría, y es para vosotros también
un deber hacia vuestro creador y Padre, que de vosotros lo espera y lo desea.
La alegría de estar entre vosotros no es menor de la que probaba cuando
estaba con mi hijo Jesús durante su vida mortal. Era yo quién enviaba a mi
Hijo. Fué concebido por mi Espíritu Santo, que también soy yo, en pocas
palabras, era siempre YO.
Amando
a vosotros, mis criaturas, como a mi Hijo que soy yo, digo como a él: sois
mis hijos predilectos, en los cuales me complazco; es por esto que gozo con
vuestra compañía y que deseo quedarme con vosotros. Mi presencia entre
vosotros es como el sol sobre el mundo terrestre. Si estáis bien dispuestos a
recibirme vendré muy cerca de vosotros, entraré en vosotros y os iluminaré
con mi amor infinito.
En cuanto a vosotros, almas en pecado ó que ignoran la verdad
religiosa, no podré entrar en vosotros, pero de todos modos estaré cerca,
porque no dejo nunca de llamaros, de invitaros a desear los bienes que os
traigo para que veáis la luz y os curéis del pecado.
A veces os miro con compasión porque os encontráis en una infeliz
condición. A veces os miro con amor para que os sintáis dispuestos a ceder
a los encantos de la gracia. A veces paso días, también años, cerca de
algunas almas para asegurarles la felicidad eterna. No saben que yo estoy allí
que las espero, que las llamo a cada instante durante el día. Sin embargo,
tampoco me canso y siento igualmente alegría estando junto a vosotros,
siempre con la esperanza de que un día regresaréis a vuestro Padre y que
me haréis un acto de amor, por lo menos antes de morir.
He aquí, por
ejemplo, un alma que está muriendo de repente: esta alma ha sido siempre para
mí como el hijo pródigo. *
Yo la colmaba de bienes, ella andaba despilfarrando todos estos
bienes, todos los dones gratuitos de su Padre tan amable, y además me ofendía
gravemente. Yo la esperaba, la seguía por todas partes, le hacía nuevos
favores como la salud y los bienes que hacía frutar de sus trabajos, tanto así
que tenía hasta lo que era superfluo. A veces mi providencia le daba todavía
otros bienes nuevos. Por lo tanto se encontraba en la abundancia pero no veía
otra cosa que el triste resplandor de sus vicios, y toda su vida fué un
conjunto de errores, por el pecado mortal habitual. Pero mi amor no se cansó
nunca. Continuaba a seguirla, la amaba y, sobretodo, a pesar de los rechazos
que me oponía, estaba contento de vivir pacientemente cerca de ella, con la
esperanza de que, quizás, un día habría escuchado mi amor y habría
regresado a mí, su Padre y salvador.
En fin, se acerca su último día: le mando una enfermedad para que
pueda estar recogido y pueda regresar a mí su Padre: pero el tiempo pasa y
allí está mi pobre hijo de 74 años en su última hora. Y yo, como siempre,
estoy allí todavía: y como nunca antes le hablo con mayor bondad. Insisto,
llamo a mis elegidos para que recen por él para que pida el perdón que yo
le ofrezco... A este punto, antes de expirar, abre los ojos, reconoce sus
errores y lo mucho que se ha alejado del verdadero camino que conduce a mí.
Vuelve en sí y después, con voz débil que nadie a su alrededor logra
escuchar, me dice: “Dios mío, ahora veo como vuestro amor por mí ha sido
grande, y yo os he ofendido continuamente con una vida muy mala. Nunca he
pensado en tí, mi Padre y salvador. Tu que vés todo, por todo el mal que
ves en mí, y que reconozco en mi confusión, te pido perdón y te arno, ¡Padre
mío y salvador mío!”. Murió en ese mismo instante y aquí está delante
de mí. Yo lo juzgo con el amor de un Padre, como él me llamó, y se salvó.
Quedará por un tiempo en el lugar de expiación y después será feliz por
toda la eternidad. Y yo, después de haberme complacido durante su vida con la
esperanza de salvarlo con su arrepentimiento, gozo todavía más con mi
corte celestial porque se ha realizado mi deseo y por ser su Padre por toda
la eternidad.
En
cuanto a las almas que viven en lajusticia y en la gracia santificante, siento
la felicidad de establecerme en ellas. Me dono a ellas. ¡Les transmito el uso
de mi POTENCIA, y con MI AMOR encuentran, en MI su Padre y salvador, una
anticipación del Paraíso!
II°
Fascículo
El
segundo fascículo comienza el 12 de Agosto de 1932. Un día el demonio
se adueñó del mismo y le rasgó la cubierta con las tijeras.
“Acabo de abrir una fuente de agua viva que no se secará nunca,
desde hoy hasta el final de los tiempos. Vengo a vosotros, criaturas mías,
para abriros mi pecho paternal, apasionado de amor por vosotros, hijos míos.
Quiero que seáis testigos de mi amor infinito y misericordioso. No me basta
el haberos mostrado mi amor, quiero abriros, además, mi corazón, del cuál
brotará una fuente refrigerante en donde los hombres podrán apagar la sed.
Entonces saborearán alegrías que no habían conocido hasta ahora por el peso
inmenso del temor exagerado que tenían de mí, su tierno Padre.
Desde que prometí a los hombres un salvador hice manar esta fuente *
La hice pasar a través del corazón de mi Hijo para que llegara a
vosotros. Pero mi inmenso amor por vosotros me incita a hacer más todavía,
abriendo mi pecho, del cuál manará esta agua de salvación para mis hijos, a
los cuales permito de sacar libremente toda la que les sea necesaria para el
tiempo y para la eternidad.
Si queréis probar la potencia de esta fuente de que os hablo aprended
primero a conocerme mejor y a amarme hasta el punto que yo deseo, es decir,
no solo como Padre sino también como vuestro amigo y vuestro confidente.
¿Por qué sorprenderse de lo que digo? ¿No os he creado a mi imagen?
Os he hecho a mi imagen para que no encontréis nada de extraño cuando habláis
y familiarizáis con vuestro Padre, vuestro creador y vuestro Dios, dado que
os habéis vueltos los hijos de mi amor paterno y divino, por medio de mi
misericordiosa bondad.
Mi Hijo Jesús está en mí y yo estoy en El, en nuestro mutuo amor que
es el Espfritu Santo que nos tiene unidos con este vínculo de caridad que
hace que nosotros seamos UNO. El, mi Hijo, es la alberca de esta fuente que
está siempre llena de agua de salvación, ¡hasta el punto de desbordarse!
para que los hombres puedan sacarla de su corazón. ¡Pero es necesario estar
seguros de esta fuente que mi Hijo os abre para que vosotros podáis
convenceros de que es refrigerante y placentera! Entonces, venid a mí por
medio de mi Hijo y, cuando
estaréis
cerca de mí, confiadme vuestros deseos. Os mostraré esta fuente haciéndome
conocer tal como soy. Cuando me conoceréis se apagará vuestra sed, os
recobreréis, vuestros males se curarán y vuestros temores desaparecerán;
vuestra alegría será grande y vuestro amor encontrará una seguridad que no
había encontrado nunca hasta ahora.
¿Pero como -
me diréis -
podemos venir a tí? ¡Ah! venid
por la via de la confianza, llamadme Padre vuestro, amadme en espíritu y
verdad y esto será suficiente para que esta agua, refrigerante y potentísima,
apague vuestra sed.
Pero si verdaderamente queréis que esa agua os dé todo lo que os falta
para conocerme y amarme, y si os sentís fríos e indiferentes, llamadme solo
con el dulce nombre de Padre y yo vendré a vosotros. Mi fuente os donará el
amor, la confianza y todo lo que os falta para ser siempre amados por vuestro
Padre y creador.
Dado que deseo sobretodo hacerme conocer por todos vosotros para que podáis
gozar de mi bondad y de mi ternura, también aquí abajo, volvéos apóstoles
entre los que no me conocen, que no me conocen todavía, y ¡yo bendeciré
vuestros fatigas y vuestros esfuerzos preparando para vosotros una gran gloria
cerca de mí, en la eternidad! Yo soy el oceano de la caridad, hijos míos, y
aquí está otra prueba del amor paterno que tengo por todos vosotros, sin excepción
alguna, cualquiera que sea vuestra edad, vuestro estado social, vuestro país.
No excluyo ni
siquiera las sociedades diversas, las sectas, los fieles, los infieles, los
creyentes, los indiferentes, encierro en este amor a todas las criaturas
razonables cuyo conjunto forma la humanidad. Aquí
está la prueba: yo soy el oceano de la caridad. Os he hecho conocer la fuente
que mana de mi pecho para apagar vuestra sed y ahora, para que probéis
cuanto soy bueno con todos, estoy aquí para mostraros el oceano de mi caridad
universal, para que vosotros os lancéis con los ojos cerrados; ¿por qué?
Porque zambulléndose en este oceano las almas, que se habían vuelto gotas
amargas con el vicio y los pecados, pìerdan el exceso de amargura en este baño
de caridad. Saldrán
mejores, felices por haber aprendido a ser buenas, y llenas de caridad. Si
vosotros mismos, por ignorancia ó por debilidad, volvéis a caer en el estado
de gota amarga, yo todavía soy un oceano de caridad listo para recibir esta
gota amarga y cambiarla en caridad, en bondad, y para hacer de vosotros unos
santos
como
lo soy yo, yo vuestro
Padre.
Hijos míos, ¿aquí abajo queréis pasar la vida en paz y alegría? Venid
a lanzaros en este oceano inmenso y quedáos allí para siempre, aún
utilizando vue
En
cuanto a mis hijos que no están en la verdad quiero, con mayor razón, cubrirlos
con mis predilecciones paternas, para que abran los ojos a la luz que en este
tiempo resplandece más sensiblemente que nunca.
¡Es el tiempo de las gracias, previsto y esperado por toda la eternidad!
Yo estoy allá para hablaros, vengo como el más tierno y amable de los padres.
Me rebajo, me olvido de mí mismo para elevaros hasta mí y asegurar a
vosotros la salvación. Todos vosotros que vivéis hoy y también vosotros que
estáis en la nada, pero que viviréis de siglo en siglo hasta el fin del
mundo, pensad que no vivéis solos sino que un Padre, por encima de todos los
padres, vive entre vosotros, y hasta vive en vosotros, que piensa en
vosotros y que os ofrece la posibilidad de participar a las incomprensibles
prerrogativas de su amor. Acercáos a la fuente que siempre manará de mi
pecho paterno. Saboread la dulzura de esta saludable agua y, cuando habréis
probado toda su deliciosa potencia, vuestras almas podrán satisfacer todas
vuestras necesidades, venid a zambulliros en el oceano de mi caridad, para no
vivir que en mí y morir en vosotros mismos, para vivir eternamente en mí.
Nota de
Sor Eugenia: “Nuestro
Padre me ha dicho en un coloquio íntimo: Lafuente es el símbolo de mi
conocimiento y el oceano es el de mi caridad y de vuestra confianza. Cuando
queráis beber en esta fuente estudiadme para conocerme y cuando me conoceréis
zambullíos en el oceano de mi caridad confiando en mí con una confianza que
os transforme, y a la cuál yo no pueda resistir entonces perdonaré
vuestros errores y os colmaré con las mayores gracias “.
Continuación
del Mensaje:
Yo
estoy entre vosotros. Felices los que creen en esta verdad y aprovechan de
este tiempo, del cuál las Escrituras han hablado así: “Habrá un tiempo en
el cuál Dios tiene que ser glorificado y amado por los hombres, así como él
desea”.
Las Escrituras ponen después la pregunta: ¿Por qué? y ellas mismas
responden: “¡Porque
solo él es digno de honor, de amor y de alabanza para siempre!” Yo mismo le
dí a Moisés, como el primero de los diez mandamientos, esta orden para que
la comunicara a los hombres: “¡
Amad y adorad a Dios!” Los hombres que son ya cristianos podrían
decirme: “Nosotros te amamos desde cuando vinimos al mundo ó desde
nuestra conversión, porque decimos a menudo en la oración dominical: “¡Padre
nuestro que estás en los cielos!” Sí, hijos míos, es verdad, vosotros me
amáis y me alabáis cuando recitáis la primera invocación del Pater, pero
continuad las otras solicitudes y veréis: “¡Santificado
sea tu nombre!” ¿Mi nombre es santificado? Continuad: “¡Venga
tu reino!” ¿Mi reino ha venido? ¡Es verdad que vosotros alabáis con todo
el fervor la majestad de mi hijo Jesús, y en él me alabáis a mí! Pero,
¿negaríais a vuestro Padre la grande gloria de proclamarlo “Rey”, ó por
lo menos hacerme reinar para que todos los hombres puedan conocerme y amarme?
Deseo que celebréis esta fiesta de la majestad de mi Hijo en reparación
de los insultos que él recibió cuando estaba ante Pilatos, y de parte de los
soldados que flagelaban su santa e inocente humanidad. No quiero que suspendáis
esta fiesta, por el contrario, quiero que la celebréis con entusiasmo y
fervor; pero para que todos puedan conocer verdaderamente a este rey es
necesario que conozcan también su reino. Ahora, para llegar a este doble
conocimiento en modo perfecto es necesario conocer además al Padre de este
Rey, al creador de este Reino.
Es verdad, hijos míos, la lglesia -
esta sociedad que he hecho fundar por mi Hijo -
completará su obra haciendo alabar a su autor: vuestro Padre y creador.
Hijos míos, algunos de vosotros podrían decirme: “La Iglesia ha
crecido incesantemente, los cristianos son siempre más numerosos; ¡esta es
una prueba suficiente de que nuestra Iglesia es completa!” Tenéis que saber,
hijos míos, que vuestro Padre ha velado siempre sobre la Iglesia desde su
nacimiento, y que, de acuerdo con mi Hijo y con el Espíritu Santo, he querido
que fuese infalible por medio de mi vicario el Santo Padre. Sin embargo, ¿no
es verdad que silos cristianos me conocieran como soy, es decir como el Padre
tierno y misericordiosos, bueno y liberal, practicarían con mayor fuerza y
sinceridad esta religión santa?
Hijos
míos, ¿quizás que no es verdad que, si supieráis que tenéis un Padre que
piensa en vosotros y que os ama con un amor infinito, os esforzaríais, por
reciprocidad, en ser más fieles a vuestros deberes cristianos y también de
ciudadanos, para ser justos y para rendir justicia a Dios y a los hombres?
¿No es verdad
que si conocieráis a este Padre que ama a todos sin distinciones y que, sin
distinciones, os llama a todos con el hermoso nombre de hijos,
me
amaríais como hijos afectuosos, y el amor que me daríais no se volvería,
con mi impulso, un amor activo que se extendería al resto de la humanidad que
no conoce todavía esta sociedad de cristianos, y menos todavía a quién los
ha creado y que es su Padre?
Si alguién fuera para hablarles a todas estas almas abandonadas en sus
supersticiones, ó a tantas otras que llaman a Dios porque saben que existo
sin saber que estoy cerca de ellos, si dijera a ellos que su creador es
también su Padre que piensa en ellos y que se ocupa de ellos, que los rodea
con un afecto íntimo en medio de tantos sufrimientos y descorazonamientos,
obtendría la conversión, aún de los más obstinados, y estas conversiones
serían más numerosas y también más sólidas, es decir más perseverantes.
Algunos, examinando la obra de amor que estoy haciendo en medio de los
hombres encontrarán algo que criticar, y dirán así: -
Pero los misioneros, desde que llegaron a esos países lejanos, no le
hablan a los infieles de otra cosa que de Dios, de su bondad, de su
misricordia; ¿que podrían decir más de Dios si hablan siempre de él?
Los misioneros han hablado y hablan todavía de Dios según como me conocen
ellos mismos, pero os aseguro que no me conocéis como soy, por esto vengo
para proclamarme Padre de todos y el más tierno de los padres, y para
corregir el amor que me dáis y que está falseado por el temor.
Vengo para volverme semejante a mis criaturas, para corregir la idea de
que tenéis un Dios terriblemente justo, pues veo a todos los hombres
transcurrir su vida sin confiarse en su único Padre, que quisiera hacerles
conocer su único deseo, que es el de facilitarles el pasaje de la vida
terrena para darles después el cielo, la completa vida divina.
Esta es una prueba de que las almas no me conocen más de lo que me conocéis,
sin sobrepasar la medida de la idea que tenéis de mí. Pero ahora que os doy
esta luz, quedáos en la luz y llevad la luz a todos, y será un medio potente
para obtener conversiones y también para cerrar, en lo posible, la puerta del
infierno, pues yo renuevo aquí mi promesa, que no podrá nunca faltar, y que
es esta:
“TODOS
LOS QUE ME LLAMARAN CON EL NOMBRE DE PADRE, AUNQUE FUERA UNA SOLA VEZ, NO
PERIRAN SINO QUE
ESTARAN
SEGUROS DE SU VIDA ETERNA EN COMPAÑIA DE LOS ELEGIDOS”.
Y
a los que trabajarán por mi gloria, a vosotros que aquí os empeñaréis a hacerme
conocer, amar y glorificar, a vosotros os aseguro que vuestra recompensa será
grande, pues contaré todo, aún el mínimo esfuerzo que haréis, y os
de-volveré todo centuplicado en la eternidad.
Ya lo he dicho, es necesario completar el culto en la Santa Iglesia,
glorificando en modo particular al autor de esta sociedad, a aquel que vino
a fundarla, a aquel que es el alma, Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu
Santo.
Mientras que las tres Personas no serán glorificadas con un culto
particularmente especial en la Iglesia y en la humanidad entera, algo le
faltará a esta sociedad. Ya he hecho sentir esta falta a algunas almas,
pero la mayor parte de ellas, demasiado tímidas, no han respondido a mi
llamada. Otras han tenido el valor de hablar a quién corresponde, pero ante
sus fracasos no han insistido.
Ahora llegó mi hora. Yo mismo vengo para hacer conocer a los hombres,
mis hijos, lo que hasta hoy no habían entendido completamente. Yo mismo vengo
para traer el fuego ardiente de la ley del amor para que, con este medio, se
pueda fundir y destruir la enorme capa de hielo que rodea la humanidad.
Oh, querida humanidad, oh hombres que sóis mis hijos, liberáos, dejad
las ataduras con las cuales el demonio os ha encadenado hasta hoy, ¡con el
miedo de un Padre que no es otra cosa que amor! Venid, acercáos, tenéis todo
el derecho de acercaros a vuestro Padre, dilatad vuestros corazones, rogad a
mi Hijo para que os haga conocer siempre más mis bondades con vosotros.
Oh, vosotros que sóis prisioneros de las supersticiones y de las leyes
diabólicas, liberáos de esta tiránica esclavitud y venid a la verdad de
las verdades. Reconoced a aquel que os ha creado y que es vuestro Padre. No
pretendáis usar vuestros derechos adorando y rindiendo homenajes a los que os
han obligado a conducir hasta aquí una vida inútil, venid a mí, os espero a
todos porque todos vosotros sóis mis hijos.
Y vosotros que
estáis en la verdadera luz, decidles ¡como es dulce vivir en la verdad!
Decid a esos cristianos, a esas queridas criaturas mías, mis hijos, como es
dulce pensar que hay un Padre que vé todo, que sabe todo, que provee para
todo, que es infinitamente bueno, que sabe perdonar fácilmente, que castiga
de mala gana y lentamente. En fin, decidles que no quiero abandonarlos en las
desgracias de la vida, solos y sin méritos, que vengan a mí: yo los ayudaré,
aligeraré sus fardeles, endulzaré sus vidas tan duras y los embriagaré con
mi amor paterno, para que sean felices en el tiempo y en la eternidad.
Y
vosotros, hijos míos, que habiendo perdido la fé vivéis en las tinieblas,
levantad los ojos y veréis los rayos luminosos que vienen para iluminaros.
Yo soy el sol que ilumina, que enciende y que calienta, mirad y reconoceréis
que soy vuestro Creador, vuestro Padre y vuestro solo y único Dios. Porque os
amo vengo para hacerme amar y para que seáis todos salvados. Me dirijo a
todos los hombres del mundo entero haciendo resonar esta llamada de mi paterno
amor; este amor infinito, que quiero que conozcáis, es una realidad permanente.
Amad, amad, amad siempre, pero dejad amar también a este Padre para que desde
hoy yo pueda mostrar a todos el Padre más apasionado de amor por vosotros.
Y vosotros, mis hijos predilectos, sacerdotes y religiosos, os exhorto a
hacer conocer este amor paterno que nutro por los hombres y por vosotros en
particular. Estáis obligados a trabajar para que mi voluntad se realice en
los hombres y en vosotros.
Bien, esta voluntad es que yo sea conocido, glorificado y amado. ¡No
dejéis inactivo por tanto tiempo mi amor, porque estoy sediento por el deseo
de ser amado!
Entre
todos los siglos este es el siglo privilegiado, ¡no dejéis pasar este privilegio
por el temor de que os venga quitado! Las almas necesitan ciertos toques
divinos y el tiempo apremia; no tengáis temor de nada, yo soy vuestro Padre;
os ayudaré en vuestros esfuerzos y trabajos. Os sostendré siempre y os haré
saborear, ya acá abajo, la paz y la alegría del alma, haciendo que produzcan
frutos vuestro ministerio y a vuestras obras realizadas con celo; don inestimable
porque el alma que está en paz y en alegría pregusta ya el cielo, esperando
la recompensa eterna.
A mi Vicario, el Sumo Pontífice, mi representante en la tierra, ya le
he transmitido una atractiva particular para el apostolado de las misiones
en los países lejanos, y sobretodo un celo grandísimo para hacer mundial
la devoción al Sagrado Corazón de mi hijo Jesús. Ahora le confío la obra
que el mismo Jesús vino a cumplir en la tierra; glorific arme haciéndome
conocer como soy, así como estoy diciéndole a todos los hombres, mis hijos
y mis criaturas.
Si los hombres
supieran penetrar en el corazón de Jesús y ver todos sus deseos y su
gloria verían que su deseo más ardiente es el de glorificar al Padre, a
aquel que lo envío, y sobretodo no dejarle una gloria disminuída, como se ha
hecho hasta hoy, sino una gloria total, que el hombre puede y tiene que darme
como Padre y Creador, y aún más, ¡ como autor de su redención!
Yo
pido lo que él puede darme: su confianza, su amor y su agradecimiento. No es
porque yo necesite de mi criatura ó que por sus adoraciones yo quiera ser
conocido, glorificado y amado; es solo para salvarla y hacerla partícipe de
mi gloria que yo me rebajo hasta ella. Y también porque mi bondad y mi amor
se dan cuentan de que los seres que saqué de la nada y adopté como verdaderos
hijos están cayendo numerosos en la infelicidad eterna con los demonios,
faltando de este modo a la finalidad de su creación, ¡y perdiendo el tiempo
y la eternidad!
Si algo deseo, sobretodo en el momento actual, es simplemente un mayor
fervor de parte de los justos, una gran facilidad en la conversión de los
pecadores, una conversión sincera y perseverante, el regreso de los hijos
pródigos a la casa paterna, en particular el regreso de los judíos y de
todos los otros, que son también mis criaturas y mis hijos, como los cismáticos,
los heréticos, los masones, los pobres infieles, los sacrílegos y las
diversas sectas secretas; que todo el mundo sepa que hay un Dios y un Creador,
que lo quieran o no. Este Dios, que hablará repetidamente a su ignorancia, es
desconocido; no saben que yo soy el Padre de ellos.
Creedme, vosotros que escucháis leyendo estas palabras: si todos los
hombres que están lejos de nuestra Iglesia Católica oyeran hablar de este
Padre que los ama, que es su Creador y su Dios, de este Padre que desea darles
la vida eterna, gran parte de los hombres, aún los más obstinados, vendrían
a este Padre del que habréis hablado.
Si no podéis ir directamente a hablar con ellos, buscad los medios: hay
miles maneras directas ó indirectas, ponedlas en acto con un verdadero espíritu
de discípulos y con gran fervor; os prometo que vuestros esfuerzos serán,
por una gracia, pronto coronados con grandes éxitos. Volvéos
apóstoles de mi bondad paterna, y por el celo que yo daré a todos vosotros
seréis fuertes y potentes con las
almas
.
Estaré siempre junto a vosotros y en vosotros: si son dos los que
hablan yo estaré entre los dos; si sóis más numerosos yo estaré en medio
de vosotros; así diréis lo que yo os inspiraré y daré a vuestros oyentes
las disposiciones deseadas; de este modo los hombres serán conquistados por
el amor y salvados para toda la eternidad.
En
cuanto a los medios para glorificarme como yo deseo no os pido otra cosa que
una gran confianza. No creáis que me espero de vosotros austeridad y
mortificaciones, que desee haceros caminar descalzos o que tengáis que po-
strar
el rostro en el polvo, o que desee que os cubráis de cenizas, etc... ¡No,
no! ¡Quiero y me agrada que tengáis conmigo una actitud de hijos, con la
simplicidad y la confianza en mí!
Con vosotros me volveré todo para todos como el Padre más tierno y amoroso.
Familiarizaré con todos vosotros, donándome a todos, volviéndome pequeño
para hacer que seáis grandes en la eternidad.
La mayor parte de los incrédulos, de los impíos y de las diversas
comunidades, se quedan en su maldad y en su incredulidad porque creen que yo
les pido lo imposible; creen que tienen que someterse a mis órdenes como
los esclavos bajo un patrón tirano, que se queda envuelto en su potencia y
se queda, en su orgullo, distante de sus súbditos, para obligarlos al respeto
y a la devoción. ¡No, no, hijos míos! Yo sé volverme pequeño mil veces más
de lo que vosotros suponéis.
Sin embargo, lo que yo exijo es el cumplimiento fiel de los mandamientos
que he dado a mi Iglesia, para que seáis criaturas razonables y no seáis semejantes
a los animales con vuestra indisciplina y vuestras malas tendencias, y para
que al final podáis conservar este tesoro que es vuestra alma ¡que os he
donado con la plena belleza divina con la que os he revestido!
Después haced -
como yo deseo -
lo que os he ya indicado para
glorificarme con un culto especial. Que esto os haga comprender mi voluntad de
daros mucho y de haceros participar ampliamente a mi potencia y a mi gloria,
únicamente para que seáis felices y para salvaros, para manifestar a
vosotros mi único deseo de amaros y de ser, en cambio, amado por vosotros.
Si me amaréis con un amor filial y confiado tendréis también un
respeto lleno de amor y de sumisión para mi Iglesia y para mis
representantes. No un respeto como el que tenéis ahora y que os mantiene
lejos de mí porque tenéis miedo de mí; este falso respeto que tenéis ahora
es una injusticia que le hacéis a la Justicia, es una herida a la parte más
sensible de mi corazón, es un olvido, un desprecio a mi amor paterno por
vosotros.
Lo que, de mi
pueblo de Israel, más me ha afligido, y que todavía me aflige de toda la
actual humanidad, es este respeto por mí mal concebido. El enemigo de los
hombres se ha servido efectivamente de esto para hacerlos caer en la idolatría
y en los cismas. Para alejaros de la verdad, de mi Iglesia y de mí se servirá
todavía de esto y lo usará siempre contra vosotros. Ah, no os dejéis arrastrar
más por el enemigo, creed en la verdad que se está revelando a vosotros, y
caminad en la luz de la verdad.
También
vosotros que no conocéis otra religión que esa con la cuál habéis nacido,
una religión no verdadera, abrid los ojos: aquí está vuestro Padre, aquél
que os ha creado y que quiere salvaros. Vengo hasta vosotros para traeros la
verdad, y con ella la salvación. Veo que me ignoráis y que no sabéis que de
vosotros deseo solo que me conozcáis como Padre y creador, y también como
salvador. Es por ignorancia que no podéis amarme; sabed, por tanto, que no
estoy tan lejos como creéis.
¿Como podría dejaros solos después de haberos creado y adoptado con
mi amor? Os sigo por todas partes, os protejo en todo para que todo sea una
constatación de mi gran liberalidad hacia vosotros, a pesar de que habéis
olvidado a menudo mi infinita bondad, olvidos que os hacen decir: “Es la
naturaleza la que nos dá todo, la que nos hace vivir y nos hace morir”. ¡Este
es el tiempo de gracia y de luz! ¡Por tanto, reconoced que yo soy el únco
verdadero Dios!
Para poder daros la verdadera felicidad en esta vida y en la otra quiero
que hagáis lo que os propongo en esta luz. El tiempo es propicio, no dejéis
huir al amor que se ofrece a vuestro corazón en modo tan tangible. A todos os
pido de escuchar la Santa Misa según la litúrgia: ¡esto me agrada mucho!
Después, con el tiempo, os enseñaré otras pequeñas oraciones, ¡pero no
quiero sobrecargaros! Lo esencial será glorificarme como he dicho,
estableciendo una fiesta en mi honor y sirviéndome con la simplicidad de
los verdaderos hijos de vuestro Dios, Padre, creador y salvador del género
humano.
He aquí otro testimonio de mi amor paterno por los hombres: hijos míos,
no os hablaré de toda la grandeza de mi amor infinito porque basta abrir los
libros santos, mirar el Crucifijo, el Tabernáculo y el Santísimo Sacramento
para que podáis comprender ¡hasta que punto os he amado!
Sin embargo, para haceros conocer hasta que punto necesitáis satisfacer
mi voluntad en vosotros, y para que yo sea más conocido y más amado ya, quiero,
antes de terminar estas pocas palabras, que no son otra cosa que la base de mi
obra de amor entrelos hombres, indicaros algunas de las ¡innumerables pruebas
de mi amor por vosotros!
Mientras que el hombre no se encuentre en la verdad, no podrá probar ni
siquiera la verdadera libertad: creéis que estáis en la alegría, en la
paz, vosotros, mis hijos, que estáis afuera de la verdadera ley para cuya
obediencia os he creado, pero en el fondo de vuestro corazón sentís que ¡en
vosotros no hay ni la verdadera paz, ni la verdadera alegría, y que no estáis
en la verdadera libertad de quién os ha creado y que es vuestro Dios, vuestro
Padre!
Pero
a vosotros que estáis en la ley, ó mejor dicho, que habéis prometido de
seguir esta ley que os he dado para asegurar vuestra salvación, habéis sido
conducidos hacia el mal por el vicio. Os habéis alejado con vuestra
conducta malvada. ¿Creéis que sois felices? No. Sentís que vuestro corazón
no está tranquilo. ¿Quizás pensáis que buscando el placer y las otras
alegrías humanas vuestro corazón se sentirá al final satisfecho? No.
Dejad que os diga ¡que no os encontraréis nunca en la verdadera libertad,
ni en la verdadera felicidad mientras que no me reconozcáis como Padre, y
mientras que no os sometáis a mi yugo, para ser verdaderos hijos de Dios,
vuestro Padre! ¿Por qué? Porque os he creado con un solo fin que es el de
conocerme, amarme y servirme, ¡así como el niño simple y confiado sirve a
su Padre!
Un
tiempo, en el Antiguo Testamento, los hombres se comportaban como animales, no
conservaban ninguna señal que indicara en ellos su dignidad de hijos de Dios,
su Padre. Y así, para hacerles saber que quería elevarlos a la gran dignidad
de hijos de Dios tuve que demostrar una severidad a veces espantosa. Más
tarde, cuando ví que algunos eran bastante razonables y que podían entender
finalmente que había que establecer algunas diferencias entre ellos y los
animales, comencé entonces a colmarlos de beneficios y a concederles la
victoria sobre los que todavía no reconocían y conservaban la dignidad de ellos.
Y como el número de ellos aumentaba les mandé a mi Hijo, adornado con todas
las perfecciones divinas, dado que era el Hijo de un Dios perfecto. Fué él
el que les trazó el camino de la perfección, por él os he adoptado, con mi
amor infinito, como verdaderos hijos, y después no os he llamado más con el
simple nombre de criaturas sino con el nombre de “hijos”.
Os he revestido con el verdadero espíritu de la nueva ley, que os
distingue, no solo de los animales como a los hombres de la antigua ley, sino
que os eleva por encima de aquellos hombres del Antiguo Testamento. A todos
os he elevado a la dignidad de hijos de Dios, sí, vosotros sóis mis hijos
y tenéis que decirme que soy vuestro Padre; pero tened confianza en mí
como hijos porque sin esta confianza no obtendréis nunca la verdadera
libertad.
Os digo todo esto para que reconozcáis que he venido para esta obra de
amor, para ayudaros potentemente a sacudir la tiránica servidumbre que
aprisiona vuestra alma y para haceros saborear la verdadera libertad, de la
cuál proviene la verdadera felicidad, que en comparación con ella todas las
alegrías de la tierra no son nada. Eleváos todos hacia esta dignidad de
hijos de Dios y respetad vuestra grandeza, y yo seré más que nunca vuestro
Padre, el más amable y el más misericordioso. He venido para traer la paz
con esta obra de amor, si alguién me glorifica y se confía en mí haré
descender sobre él un rayo de paz en todas sus adversidades, en todas sus
turbaciones, en sus sufrimientos y en sus aflicciones, de cualquier tipo,
sobretodo si me invoca y me ama como su Padre. Si las familias me glorifican
y me aman como su Padre, yo les daré mi paz y con ella mi providencia. Si los
trabajadores, los industriales y los diversos otros artesanos me invocan y me
glorifican, yo daré mi paz, me mostraré como Padre amorosísimo y con mi
potencia aseguraré la salvación eterna de las almas.
Si toda la
humanidad me invoca y me glorifica haré descender sobre ella el espíritu de
paz, como un rocío bienhechor.
Si todas las naciones, como tales, me invocan y me glorifican, no tendrán
más nunca discordias ni guerras, porque yo soy el Dios de la paz y allá en
donde yo estoy no habrá guerra.
¿Queréis obtener la victoria sobre vuestro enemigo? Invocadme y
triunfaréis victoriosamente sobre el mismo.
En fin, vosotros sabéis que con mi potencia todo lo puedo. Bien, esta
potencia se la ofrezco a todos para que os sirva en el tiempo y en la
eternidad. Me mostraré siempre como Padre vuestro, siempre que vosotros os
mostréis como hijos míos.
¿Qué deseo con esta obra de amor? Encontrar corazones que puedan entenderme.
Yo soy la santidad, de la cuál poseo la perfección y la plenitud, y os
dono esta santidad - de
la cuál soy el autor -
a través de mi Espíritu Santo, y la instauro en vuestras almas con
los méritos de mi Hijo.
Es por mi Hijo y por el Espíritu Santo que yo vengo hacia vosotros y en
vosotros, y en vosotros busco mi reposo.
Para algunas almas estas palabras: “Vengo en vosotros”, les parecerán
un misterio, pero ¡no hay ningún misterio! porque después de que le ordené
ami Hijo de instituir la santa Eucaristía ¡me propuse de venir entre
vosotros cada vez que recibís la santa Hostia! Claro que nada me impedía de
venir también hacia vosotros antes de la Eucaristía ¡porque nada me es
imposible! pero recibir este sacramento es una acción facil de entender y que
os explica ¡como es que yo vengo en vosotros!
Cuando estoy en vosotros os doy con mayor comodidad lo que poseo, siemre
y cuando me lo pidáis. Con este sacramento os unís conmigo íntimamente, y
es en esta intimidad que la efusión de mi amor riega en vuestras almas la
santidad que poseo.
Os inundo con mi amor, y entonces no tenéis que hacer otra cosa que
pedirme las virtudes y la perfección que necesitáis, y podéis estar
seguros de que, en esos momentos de reposo de Dios en el corazón de su
criatura, nada os será negado.
Desde el
momento en que habéis comprendido cuál es el lugar de mi reposo, ¿no
quisieráis dármelo? Soy vuestro Padre y vuestro Dios, ¿osaréis negarme
esto? Ah, no me hagáis sufrir con vuestra crueldad con un Padre que os pide
solo esta gracia para él. Antes de terminar este mensaje quiero expresar un
deseo a un cierto número de almas consagradas a mi servicio. Estas almas sóis
vosotros, sacerdotes, religiosos y religiosas. Estáis a mi servicio, ya sea
en la contemplación, ya sea en las obras de caridad y de apostolado.
De parte mía es un privilegio de mi bondad, de parte vuestra es la
fidelidad a la vocación con vuestra buena voluntad. He aquí mi deseo:
vosotros que comprendéis más facilmente lo que me espero de la humanidad,
rezadme para que yo pueda hacer la obra de mi amor en todas las almas. ¡Vosotros
conocéis todas las dificultades que hay que vencer para conquistar las
almas! Bien, he aquí el medio eficaz con el cuál ganar para mí con
facilidad una gran multitud de almas: precisamente este medio es el hacerme
conocer, amar y glorificar por los hombres.
Antes que nada deseo que seáis vosotros a comenzar primero. ¡Que
alegría para mí entrar antes que todo en las casas de los sacerdotes, los
religiosos y las religiosas!
¡Que alegría encontrarme,
como Padre, entre los hijos de mi amor! ¡Con vosotros, mis íntimos,
conversaré como amigos! ¡Seré para vosotros el más discreto de los
confidentes! ¡Seré vuestro todo, que os bastará para todo! Seré sobretodo
el Padre que acoge vuestros deseos, colmándoos con su amor, con sus
beneficios, con su ternura universal.
¡No me neguéis esta dicha que quiero gozar entre vosotros! Os la
devolveré cien veces más y, porque vosotros me glorificáis, ¡también os
honraré preparándoos una gran gloria en mi reino!
Yo soy la luz de las luces: allá en donde esa penetrará habrá vida,
pan y felicidad. Esta luz iluminará al peregrino, al escéptico, al
ignorante y os iluminará
a todos, oh hombres que vivéis en este mundo lleno de tinieblas y de vicios;
¡si no tuvieráis mi luz caeriáis en el abismo de la muerte eterna!
En fin, esta luz le iluminará las calles que conducen a la verdadera
Iglesia católica a sus pobres hijos que todavía son víctimas de las
supersticiones. Me mostraré como Padre de los que más sufren en la tierra,
los pobres leprosos.
Me mostraré
como el Padre de todos aquellos hombres que están abandonados, excluídos
de cualquier sociedad humana. Me mostraré como Padre de los afligidos, Padre
de los enfermos, sobretodo de los agonizantes. Me mostraré como el Padre de
todas las familias, de los huérfanos, de las viudas, de los prisioneros, de
los obreros y de la juventud. Me mostraré como Padre en todas las necesidades.
En fin, me mostraré como el Padre de los reyes y de sus naciones. ¡Y
todos sentiréis mis bondades, todos vosotros sentiréis mi protección y
todos vosotros veréis mi potencia!
¡Mi paterna y divina
bendición para todos, Amén!
¡Particularmente para mi hijo y representante, Amén! ¡Particularmente
para mi hijo el Obispo, Amén!
¡Particularmente para mi hijo tu padre espiritual, Amén! ¡Particularmente
para mis hijas, tus madres, Amén!
¡Para toda la congregación
de mi amor, Amén!
¡Para toda la Iglesia y para todo el clero, Amén!
¡Bendición muy especial para la Iglesia del Purgatorio, Amén! ¡Amén!”-
+Per
ipsum, cuni Ipso et
in Ipso
Dios
es mi Padre
Padre mío
que estás en los cielos, ¡como es dulce y suave saber que Tú eres mi Padre
y que yo soy tu hijo!
Sobretodo cuando está obscuro el cielo de mi alma y más pesada es mi
cruz, es cuando siento la necesidad de repetirTe: ¡Padre, creo en tu amor por
mí!
Sí, ¡creo que tú para mí eres Padre en cada momento de la vida, y
que yo soy Tu hijo! ¡Creo que me amas con amor infinito! ¡
Creo que velas día y noche sobre mí y que ni siquiera un cabello se
cae de mi cabeza sin Tu permiso!
Creo que, infinitamente Sabio haces que todo sirva para el beneficio de
los que Te aman: ¡y aún bajo las manos que golpean yo beso Tu mano que sana!
Creo, ... ¡pero
aumenta en mí la fé, la esperanza y la caridad!
Enséñame a ver simpre tu amor como guía en cada evento de mi vida.
Enséñame a abandonarme a Tí como un niño en los brazos de la mamá.
Padre, Tú sabes todo, Tú vés todo, Tú me conoces mejor de lo que me
conozca yo mismo: ¡Tú puedes todo y Tú me amas!
Padre mío, dado que Tú quieres que siempre recurramos a Tí, héme aquí
con confianza para pedirTe, con Jesús y María, ...
(pedir la gracia que se desea).
Por esta intención, uniéndome a Sus Sagradísimos Corazones, Te
ofrezco todas mis oraciones, mis sacrificios y mortificaciones, todas mis
acciones y una mayor fidelidad a mis deberes (1).
¡Dame la luz, la gracia y la fuerza del Espíritu Santo!
Confírmame en
este Espíritu de modo que yo no Lo pierda nunca, ni Lo entristezca, ni Lo
debilite en mí.
Padre mío, ¡es en nombre de Jesús, Tu Hijo, que te lo pido! Y tu, oh
Jesús, abre Tu Corazón y métele adentro el mío, y con el de María ¡ofrécelo
a nuestro Padre Divino! ...
¡Obtiéneme la gracia que necesito!
Padre Divino, llama hacia Tía todos los hombres. ¡Que el munto entero
proclame Tu Paternal Bondad y Tu Divina Misericordia! Sé para mí tierno
Padre,
protégeme
por todas partes como a la pupila de Tus ojos. Haz que yo siempre sea digno
hijo Tuyo: ¡tén piedad de mí!
Padre Divino, dulce esperanza de nuestras almas.
¡Que Tu seas conocido, alabado y amado por todos los hombres!
Padre Divino, bondad infinita que se efunde sobre todos los pueblos. ¡Que
Tu seas conocido, alabado y amado por todos los hombres!
Padre Divino, rocío beneficioso de la humanidad.
¡Que Tu seas conocido, alabado y amado por todos los hombres!
Madre
Eugenia
Indulgencia
parcial
+ Mos.Girard,
Vie. Apost. Cairo (Egipto),
9 de Octubre de
1935
+ Jean
Card. Verdier,
Arzobispo de París,
8 de Mayo de 1936
(1)
Si se reza esta oración como Novena añadir: “Te prometo ser más generoso,
especialmente en estos nueve días, en tal circunstancia... con tal
persona...”